Hace unos meses, la Audiencia Provincial de Alicante confirmó la condena por un delito de acoso laboral dictada contra el jefe de cocina de una empresa de catering. La sentencia consideró probadas las acusaciones de la denunciante, una de las ayudantes, que atribuía a su superior una serie de actos de hostigamiento, alguna agresión física leve y bromas de carácter sexual. El condenado se defendió argumentando que su comportamiento pudo haber sido “inadecuado, desconsiderado, grosero, maleducado o irrespetuoso”, pero que en ningún caso adquirió la gravedad suficiente como para adentrarse dentro de los márgenes del mobbing tal y como lo define el Código Penal. Unas alegaciones que fueron rechazadas por el tribunal, que confirmó los seis meses de prisión impuestos en primera instancia al jefe de cocina.

La gran novedad que presenta este caso no son los hechos ni la calificación jurídica, sino la propia existencia de una sentencia por delito de acoso laboral. Y es que, a pesar de que conductas como las descritas u otras cercanas no son ni mucho menos insólitas en los centros de trabajo, los supuestos en los que se alcanza una resolución judicial condenatoria son muy escasos.